El Libro (Ensayo de cuento de terror)

EL LIBRO

Manuel José Delgado

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No me agradaban esos lugares, abundantes en las grandes ciudades, que frecuentados por multitudes impersonales, hacían que una persona como yo se sintiera mucho más solitaria. Y como las tardes de ese otoño auguraban la venida inminente de un invierno frío, no me eran apetecibles mis acostumbrados paseos por los parques en compañía de mis tribulaciones.

Era por ello, por lo que gustaba de recogerme en mi pequeño ático alquilado, enfrascado en la lectura de libros que inspirasen mi mente calenturienta. Aventuras, biografías, hechos científicos y fantásticos eran el prólogo de mis sueños y pensamientos.

Fue una tarde, a la salida del trabajo, cuando revolviendo libros en una biblioteca pública, llegué a parar a la sección de ciencias denominadas ocultas. Había libros de todo tipo; astrología, espiritismo, hipnosis, brujería, y todo lo relacionado con la parapsicología. Tomé uno de ellos y volví a mi casa, donde lo leí de un tirón, con insospechada impaciencia por conocer el final. Pero ese final no llegaba. Otros libros que cogí de la biblioteca tampoco saciaban mi se de conocimiento acerca de ese mundo que me iba envolviendo poco a poco. Siempre existían lagunas, hechos inconcebibles, sin explicación posible. Buscaba en esa lectura que me ofreciera unas vivencias jamás sentidas, y sólo ansiaba saber más y más.

Muchas veces me dieron ganas de dejar dicha lectura debido al terror que me producían las narraciones acerca de apariciones, transformaciones, espíritus, etc, vividas por otras personas, y sobre todo por el terror que me producía el pensar que pudiera sucederme a mí. Sin embargo, seguía con morbosidad las historias, e incluso buscaba en la biblioteca aquellos volúmenes que, según mi opinión, me producirían mayor impacto.

Era una tarde como las demás, en la que rebuscaba qué libro llevarme a casa cuando se acercó a mí un hombre de mediana edad. Lo conocía un poco de vista, de verle alguna vez que otra en la misma sección de la biblioteca en la que paraba desde hacía algunos meses. A veces habíamos cruzado varias palabras sin importancia, pero esta vez se mostró más afectuoso conmigo. Una cierta repulsa me alejaba de él. Su aspecto era desaliñado. La despreocupación por sus atavíos era notable, al igual que la negligencia hacia su aseo corporal, que se evidenciaba en el desamparo que sufrían sus cabellos, barba y uñas. Pero aunque sus ojos acuosos y penetrantes, su nariz aguileña y sus ademanes parsimoniosos me produjeran desconfianza, ésta se fue diluyendo debido a su tono de voz armonioso, melódico y paternalista. Hablamos de muchos temas, y para satisfacción mía noté que dominaba un lenguaje bastante culto en la materia, pudiendo seguir la conversación y exponer mis ideas a esa persona que consideraba muy superior a mí en conocimiento de fenómenos paranormales.

Nos vimos a partir de entonces con mucha frecuencia, cosa que me agradaba, pues ampliaba mis conocimientos y a la vez sentía la compañía de un amigo a quien confiar mis problemas y mis incógnitas. La intriga que producía en mi sus revelaciones hacían que le tuviera en gran estima, considerándole mi maestro en estas cuestiones, y no dudaba en confiarle por entero todas mis sensaciones.

Cierto día me ofreció un libro. Un libro que no estaba en la biblioteca, y tras prometerle que lo leería esa noche, volví a mi casa.

Era un libro muy viejo. Las pastas e incluso las hojas aparecían llenas de arrugas, pero muy lisas. Parecía como si se hubiera estrujado con fuerza y luego se hubiera intentado alisar con una plancha o algo parecido. Hubo algo que me llamó la atención: su olor. Un olor característico a basurero, a comida abandonada a merced de las ratas,  a carne putrefacta. Al fin, enfadándome por ese inconveniente, intente olvidarlo. Después de todo no me importaba de dónde lo hubiera sacado. Pensé en algún vendedor ambulante, andrajoso, que se ganó el pan de ese día vendiendo el libro a mi amigo. Y pasando el hecho por alto me dispuse, después de una cena ligera, a su lectura.

De entrada no me pareció un libro sensacionalista de fenómenos fantásticos, por lo que continúe su lectura un poco desilusionado y con la obligación de la promesa hecha a su dueño.

Poco a poco la narración se fue haciendo más atrayente a mis gustos, y más que leer, devoraba con impaciencia las rotas páginas del tomo. Sin darme cuenta iba entrando en un estado de nerviosismo tal que acechaba cualquier ruido o cualquier sombra que producía el candil que iluminaba mi habitación. Las historias que el libro contaba conseguían que  mi respiración se acelerara a la vez que aumentaba el volumen de mis pulmones, como si con mis inhalaciones tratara de llenar con aire la seguridad que iba perdiendo por instantes.

No había entrado todavía, como solía hacer siempre, a formar parte como protagonista de los hechos que relataba el libro, Y aún así sentía muy cerca de mí el desasosiego que producía en personajes la impotencia hacia los fenómenos en los que  no intervenía la voluntad humana tal y como la conocemos las personas, por llamarlas de alguna forma, normales.

Acabé el capítulo titulado “Curiosidades de la vida real e irreal” y me tomé un respiro. Creía haber pasado lo peor. Mi mente estaba satisfecha por haber pasado unos momentos agobiantes. Era como el relax del corredor que ha llegado a la meta vencedor. Y decidí continuar, pese a que la noche estaba ya muy avanzada. El capítulo siguiente se titulaba “El miedo”. Y pensando que si había hecho frente a capítulos anteriores, bien podía afrontar éste, más aún cuando comenzaba por “El miedo no existe, son sólo confabulaciones de la mente…”

Sin ningún recato comencé el capítulo. Era el último, y observe que sus páginas estaban más arrugadas que las demás. Si bien tenía fuerza de ánimo para seguir leyendo, pensé que lo mejor sería dejarlo para el día siguiente, si veía que mi mente se sentía dominada por no se qué fuerza. Aunque no me parecía necesario pues los comentarios que hacía eran como los de un incauto, tales como “¿Existe de verdad el miedo? ¿No serán imaginaciones nuestras las cosas que pasan y nos producen tal miedo? ¿No es ilógico pensar que no estamos solos en nuestra habitación…?”.

Aunque racionalmente esas frases no debieran saltar los dispositivos de alerta de nuestra imaginación, mi subconsciente empezó a hacerse las mil preguntas. Es ilógico, pensé, y seguí leyendo. “… ¿y si hubiera alguien más, lógicamente no deberíamos concederle la mayor importancia, pues si alguien o algo está ahí, y nunca nos hemos percatado de su presencia ni nos ha molestado para nada, lo mejor es que sigamos pensando que no está, aunque lo esté…”

Volví a mí la respiración fatigosa. Era una tontería que me planteara esas cuestiones. Aunque una fuerza que desconocía hacía que no me sintiera tan sólo en mi habitación. Y como mi fuerza racional negara rotundamente el asunto continué con la lectura. “… Tenemos una ventaja ante el miedo, si alguien o algo está ahí, y nunca antes lo hemos visto, es que se esconde en sitios oscuros de la alcoba, bien en los rincones, bien dentro del armario, debajo de la cama. En consecuencia, con no mirar en esos sitios, nunca lo veremos, y podremos dormir tranquilos…”

No sé qué me pasaba. Una fuerza superior a mí me obligaba a no mirar a los rincones oscuros de mi pequeño cuchitril. No debe ser posible. Son hipótesis absurdas. ¿Por qué no quiero mirar? ¿Y si de verdad hubiera alguien o algo y nunca me hubiera fijado?. Me arroó con las sábanas. Me ofrecía seguridad. Y más seguro de mí mismo me atreví a mirar a los rincones. Grande fue la satisfacción al observar que no había nada. Y me asaltó una idea: ¿Había pensado en realidad que había alguien? Era lógico pensar que sí, pues me había alegrado de que no la hubiera. Estaba llegando a un punto en donde confundía lo real de lo irreal y me llamé mil veces necio por imaginar esas cosas. Seguí leyendo más calmadamente hasta otras frases que hicieron acelerar de nuevo mis pulsaciones: “… igual es pedirles mucho el no sobresaltarse si ven algo extraño a Vds. en la habitación, pero para calmarles les diré que esas cosas o seres extraños no suelen verse, por lo que deberán hacer muy poco esfuerzo en no tenerlos en cuenta. Y si notaran algo extraño de esos seres, que si bien no se ven se siente, relaciónenlo con algún sonido proveniente del viento o de pequeños animalillos que abundan en todas las casas, sobre todo en las viejas…”

 

Ese “se sienten” me intranquilizó en sobre manera. Efectivamente en todas las casas hay ruidos. El viento, la carcoma, incluso las ratas crean el sonido del silencio. Es una tontería que diga el libro que hay que relacionarlos con ellos mismos, pues son ellos mismos. ¿O no?. Será verdad que todos los ruidos que durante toda mi vida había estado relacionando con animalillos, o el viento, no provinieran de ellos? Estoy seguro de que sí. La mayoría son característicos. ¿Y los otros? La incertidumbre hacía mella en mí. Y mi oído se iba agudizando en busca de esos ruidos para cerciorarme de dónde provenían. ¿Qué cantidad de ruidos! ¡Ruidos por todas partes! Me sobresalté. La mejor forma de no oírlos era distrayéndome. Seguiría leyendo. Igual al final del capítulo el narrador dice “sois unos tontos, reíros de vosotros mismos”, e intenté buscar leyendo alguna frase que me tranquilizara.

“… aunque no son sonidos normales los que oiréis, pero tampoco hacerlos caso. No creo que los oigáis porque no existen, peri si los escucháis pensar que no existen, que son fabulaciones vuestras, y a fin de cuentas, ¿qué mas da escuchar una respiración cerca de vosotros, o un arrastrar de huesos, o algún sonido gutural que se escapa de los confines de la razón?”

Quizás fuese la sugestión, quizás el hecho de que verdaderamente hubiera alguien, pero realmente yo lo sentía.

El libro continuaba: “… y no se podrá escapar a esa energía, lo mejor, amigos lectores, unos buenos tapones en los oídos…”

 

Aferré mis manos a los oídos hasta producirme daño. Con los ojos cerrados aún notaba pasar sombras por delante de la cama. No conseguiría nada con no oirlo, los veía, y no podía evitarlo. Pensé apagar la luz, pero mi sentido de la supervivencia me convenció  de que con la luz encendida podría defenderme mejor. Pero ¿contra qué? El no conocer al enemigo me producía mayor horror. En postura fetal me puse en guardia contra lo que fuera. Lo que no aguantaba era esa respiración asmática, angustiada, que me penetraba como un cuchillo en mi mente. Con los músculos contraídos y los puños crispados arrugué el libro hasta hacerlo una bola. De mis labios brotaba un hilo de sangre, pero ni me cansaba de la fuerza con que los apretaba ni sentía el dolor que producía.

 

No pude resistir la tentación de terminar el capítulo. Faltaba ya muy poco y quizás con ello también acabaría mi pesadilla. Y llegué al final. En las últimas frases pude leer: “… si sois tan sugestionables que habéis visto, sentido y oído a esos seres, a lo mejor, incluso, llegáis a tomar contacto con ellos. Pero poniéndonos en lo peor, con mucha imaginación, habría que valorar si los seres nos quieren hacer bien o hacer mal. Si vuestra imaginación lo quiere, pudiera ser que ese ser resultara ser una preciosa doncella, cosa que no podréis negar resultaría fantástico. Pero si en vez de imaginaros eso pensáis que sea un ogro, o un dragón de siete cabezas, o un ser gelatinoso y amorfo llegado del mismísimo averno, tened cuidado, aunque no creo que vuestra propia inteligencia pueda hacer algo contra vosotros mismos.”

Escuché resbalar algo junto a los pies de la cama. , como saliendo por debajo de ella. A la vez, algo se colgaba por un lado despojándome de la sábana. Quedé indefenso, Y las respiraciones asmáticas se multiplicaban. Apareció algo por mis pies y me produjo un olor familiar. Lo reconocí enseguida. Era el olor a basurero, a carne putrefacta, a comida dejada a merced de las ratas, y tiré el libro en dirección a aquella mano leprosa que, arropada en unos miserables harapos, se acercaba hacia mis pies. El libro se estampó en aquello a la vez que se oían unas fantasmales carcajadas. Sin darme cuenta, por los lados se habían levantado unas figuras que en su tiempo habían sido humanas y que hundían sobre mí sus dedos huesudos, que hacían de garfios que desgarraban mi tórax y mi estómago. En mi último hálito de vida pude distinguir entre aquellas formas a mi amigo, el dueño del libro, que era el que más carcajadas daba.

Pensé en la muerte como la solución a mis sufrimientos, y deseé morir con vehemencia. Pero el martirio era lento. Los personajes se recreaban en mis lamentos, a la vez que comían pausadamente los jirones de carne que me arrancaban de mis entrañas. Si pudiera ayudarles a acabar de una vez… Ya no sentía dolor, a la vez que mis sentidos se fueron nublando.

Me incorporé de la cama y no sentía el cuerpo. No tenía. Había quedado descuartizado sobre la cama y alrededor había un montón de gente. Policía, vecinos, uno al que llamaban forense y unos camilleros que trasladaron el montón de carne a una ambulancia. Y todos se fueron.

Sólo quedó en la habitación un grupo de gente huesuda, con algunos trozos de carne colgando y sus harapientos trajes bañados en sangre, y yo.

Como si de una obligación se tratara, recogí del suelo el libro, que parecía una bola de papel, y con sumo cuidado empecé a alisarlo con una plancha. Fue entonces cuando al mirar la última página, tras la firma del autor, éste ponía su última frase: “… ¿Se ha convencido ya, querido lector, de que el miedo es mentira?”

 

Con las hojas del libro alisadas me fui con el libro a la biblioteca pública, y ya dentro me dirigí hacia un hombre que se hallaba mirando publicaciones en la sección de parapsicología, ciencias ocultas y espiritismo, esperando que no se diera cuenta de que olía a basurero, a comida dejada en poder de las ratas y a carne putrefacta.

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One thought on “El Libro (Ensayo de cuento de terror)

  1. Manuel:

    ¡Que gusto haber leido esto a las siete de la tarde, con el sol en la cara y el aire a mi lado tan transparente como debe ser para que no haya duda alguna de la inexistencia de mis posibles compañeros de soledad. Si llego a leer esto en la cama, no se si lo cuento!

    Que bueno eres, bellaco, Y que miedo me has hecho pasar.

    Desconocia esta facreta tuya, que como no podia ser de otra manera, es genial.

    Un gran beso

    Mª Carme Bufí

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